Los bonobos se comunican usando un principio universal de las lenguas humanas
La capacidad de juntar ‘palabras’ significantes para formar una ‘frase’ con un nuevo significado se creía única de los humanos


Aunque sus respectivos linajes divergieron hace millones de años, bonobos y humanos comparten el 98,7% de su genoma (igual con los chimpancés). En peligro de extinción, quedando no más de 20.000 en selvas protegidas de la República Democrática del Congo, se conoce su gran capacidad comunicativa, incluso con las personas. Ahora, una investigación publicada en Science muestra que combinan sus vocalizaciones de forma similar a como los humanos juntan palabras para formar frases y comunicar así mensajes más complejos. Se creía que esta capacidad era exclusiva nuestra.
Todas las lenguas humanas cumplen un principio que los lingüistas llaman de composicionalidad. Postulado en el siglo XIX por el matemático y filósofo alemán Gottlob Frege, su versión más simple recuerda a una fórmula matemática: el significado de una combinación es la suma de los significados de sus partes. Las autoras del estudio ponen un ejemplo muy sencillo con la palabra, ya traducida, de biología, que está formada por dos morfemas también significantes, bio (vida) y logía (ciencia). El catedrático de lingüística general de la Universidad de Sevilla, Francisco J. Salguero, da una explicación más completa: “Lo que dice [este principio] es que el significado de una expresión lingüística compleja es una función de los significados de las expresiones simples que la componen, y de las reglas que se han usado para combinar esas expresiones simples para construir la compleja”. Tal principio lo cumplen todas las lenguas humanas que se han estudiado.
“Queríamos ver si los bonobos también tienen esta capacidad”, cuenta Mélissa Berthet, que estudia la comunicación animal en el departamento de antropología evolutiva de la Universidad de Zúrich (Suiza) y primera autora de esta investigación. Para lograrlo, necesitaban primero entender el significado de sus vocalizaciones individuales. Berthet pasó meses con tres grupos de la Reserva Kokolopori Bonobo, uno de los últimos santuarios de estos primates. “Allí seguí a los bonobos entre 12 y 15 horas al día, observando su comportamiento y vocalizaciones”, dice la primatóloga. La reserva tiene tres comunidades de bonobos habituados a la presencia humana, lo que permite a los científicos estudiarlos sin interferir en su comportamiento.
“Mientras los seguía, usé un micrófono para registrar sus vocalizaciones y documentar sistemáticamente el contexto en el que se producía cada vocalización”, detalla Berthet. Para cada una, consultó una lista de más de trescientos parámetros, para describir de forma exhaustiva el contexto. “Por ejemplo, anoté si había un grupo vecino cercano, si había comida, si quien emitía la llamada estaba comiendo, descansando o acicalando y lo que sucedió inmediatamente después de la vocalización...” Al analizar las correlaciones entre la emisión de una llamada y el contexto, pudo identificar patrones. “Si una vocalización concreta siempre venía seguida de que todo el grupo se movía, probablemente indique que esta llamada significa viajemos”, concreta. Con este enfoque, pudieron descubrir el significado de varios miles de vocalizaciones. Ahora tenían que ver si las combinaban y si las combinaciones tenían un significado propio.
“En concreto, probamos varios criterios de composicionalidad, examinando si la combinación de dos vocalizaciones producía una cuyo significado podría entenderse a partir de los significados de las llamadas individuales”, explica la primatóloga. En trabajos previos habían identificado hasta 11 tipos de vocalizaciones individuales (gruñidos, ululaciones graves o agudas, susurros, algo parecido a un silbido, gritos...) Aquí encontraron y analizaron 38 combinaciones de dos de estas llamadas individuales, pero grabaron otras más complejas de tres, cuatro o más elementos que reservan para otro estudio. Comprobaron que cumplían con la versión simple del principio de composicionalidad.
Pero hay una dimensión más compleja de este principio. En la simple se produce una suma de significados, como en el caso de la palabra biología. Pero, como recuerda Salguero, el catedrático de lingüística, “aquí simplemente habría una suma semántica, una suma de dos significados; mientras que en la composición no trivial, como lo llaman las autoras, uno de los elementos está modificando al otro, está completando al otro”, dice. Y pone un ejemplo que está muy relacionado con otra dimensión del lenguaje, el de la infinitud discreta, por el que un conjunto finito de unidades (morfemas o palabras) da lugar a una cantidad infinita de combinaciones. “Una vez que yo tengo una expresión del tipo quiero agua, puedo seguir construyendo: quiero agua fría, quiero agua fría en un vaso, quiero agua fría en un vaso transparente, quiero agua fría en un vaso transparente que esté limpio...” Esto también lo cumplirían los bonobos.
“Descartamos las llamadas y combinaciones poco comunes, por lo que realizamos nuestro estudio con siete tipos de llamadas y 19 combinaciones. Entre ellas, cuatro eran compositivas, una trivial, tres no triviales”, escribe Berthet en un correo. Pueden parecer pocas (aunque quedan por estudiar las combinaciones de más de dos vocalizaciones), pero es la primera vez que en una especie distinta de la humana sus miembros cumplen al completo el principio de composicionalidad. Por ejemplo, la combinación entre un aullido que según el contexto hace una llamada a la unión, combinado con un ulular agudo, que suele significar préstame atención, resulta en una llamada a coordinarse para moverse. O este otro, la combinación de silbidos y susurros suele aparecer en contextos de intimidad social, como durante la cópula.
Para el catedrático Salguero, que no ha intervenido en este estudio, “si esto de verdad está presente en los bonobos, aunque sea a ese nivel tan básico de dos señales con significado, de modo que una de ellas depende de la otra, explicaría cómo es posible que tras un periodo evolutivo tan largo como el que lleva hasta nuestra especie, haya habido efectivamente sistemas de signos que hayan ido desarrollando esa característica y que la hayan ido haciendo cada vez más compleja”.
El profesor Simon W. Townsend, experto en comunicación animal también de la Universidad de Zúrich, es autor sénior de esta investigación. Sobre sus implicaciones más allá de los bonobos dice: “El hecho de que encontremos evidencias de composicionalidad en humanos, chimpancés y ahora en bonobos sugiere que nuestro último ancestro común que vivió hace unos siete millones de años también tenía habilidades compositivas básicas y, por lo tanto, esta característica central del lenguaje había comenzado a evolucionar mucho antes de que surgiera el lenguaje”.
En apenas dos meses, las revistas más prestigiosas de la ciencia han publicado trabajos sobre las ballenas que cumplen leyes esenciales de las lenguas humanas o que el proceso cerebral de los periquitos a la hora de sus vocalizaciones no es muy diferente del humano. El investigador Ivan G. Torre se formó estudiando los sistemas de comunicación animal y ahora trabaja para Oracle desarrollando sistemas de comunicación para las máquinas. Torre recuerda que a finales del siglo XIX y comienzo del XX, cuando nacieron las modernas teorías lingüísticas, lo hicieron “con un sesgo antropocéntrico, reservando el lenguaje a los humanos”. Pero los datos en contra se acumulan. Para él, la clave es la necesidad de comunicación, sea como sea y se trate de la especie que se trate. En este sentido, recuerda un trabajo del que es coautor publicado en 2020. Centrado en las leyes lingüísticas, comprobaron que en la interacción entre plantas e insectos cumplen la ley de Zipf, que establece que los elementos (palabras en caso de la comunicación humana) más comunes tienden a ser más cortos que los menos habituales. Ellos comprobaron que las moléculas que intervienen aquellas interacciones planta-animal, las cadenas más frecuentes son también las formadas por un número menor de átomos.
Para el director del Laboratorio de Lingüística Cuantitativa, Matemática y Computacional de la Universitat Politècnica de Catalunya, Ramón Ferrer i Cancho, con el lenguaje está sucediendo lo que pasó con la capacidad de usar instrumentos, que también parecían ser algo exclusivamente humano. “Después supimos que los chimpancés utilizaban instrumentos, que los delfines cazaban gusanos bajo la arena con un palito... Con el lenguaje ya sabemos lo mismo, que no es exclusivo de los humanos”, dice Ferrer i Cancho, uno de los mayores expertos en lingüística humana y comunicación animal. Sobre la cuestión de la composicionalidad, recuerda un clásico de la etología publicado a comienzos de siglo: las llamadas de los cercopitecos de nariz blanca. Producen dos llamadas de alerta, pyows y hacks. Las primeras avisan de la presencia de un leopardo. Las segundas, que el peligro viene del cielo, en forma de águila. “Los investigadores encontraron que los monos también producen un tercer llamado, ‘pyow–hack’ y observaron que desencadena el movimiento del grupo”, recuerda.
Lo mejor está por venir. Barthet grabó más de 3.600 vocalizaciones durante 400 horas y muchas son de más de dos vocalizaciones. Habrá que esperar a ver qué dicen los bonobos en sus combinaciones de tres, cuatro, cinco o más sonidos que hasta ahora nos parecían aullidos.